16 de septiembre de 2018

El vino antiguo

La luna siempre es más grande en las noches de verano. Parecería que quiere recibir la brisa fresca que agita las banderolas en las torres más altas. Son visibles desde leguas de distancia, se agitan acariciadas por sus mecidas y se dibujan en el cada vez más oscuro horizonte, que revela una explosión de colores rojos y anaranjados, y anima al sol a que descanse tras los olivares. Es la hora velada. La campana de la torre acababa de dar el toque de queda, con el que los vecinos de dentro y fuera de la fortaleza comprenden que sus puertas han quedado cerradas hasta el alba.

31 de mayo de 2018

Alta traición

Recordaba la sala de antiguos interrogatorios. Era igual de fría y oscura, pero aquella vez le tocaba estar en el lado de los que recibían y no del de los que hacían las preguntas. El sargento North se sentía extraño y atendía, abrumado y abatido, a las preguntas del coronel Williams:
- Sargento North, dígame: ¿conoce los motivos por los que se enfrenta a este consejo de guerra?
- Los conozco, Señor, pero estoy seguro de que me los va a repetir.
- No me lo pongas difícil, Michael -se refirió a él con una familiaridad fuera del protocolo intentando destensar la situación-. Sabes que para mí es igual de incómodo que para ti.
- En ese caso los motivos son los peores posibles. He perdido todo un batallón en combate. Este tribunal me juzga por alta traición, por falta de mando y sedición.

2 de mayo de 2018

Uriel

Cuando su piel ya olía a quemado y las llamas amenazaban con penetrar en sus venas, comprendió que los seis morirían por lo mismo aquella mañana.

Francisco de Goya
Escena de la Inquisición (1814-1816)
Real Academia de Bellas Artes de San Fernando
Un poco antes, camino del patíbulo, Uriel Eraso solo levantó la mirada dos veces. La primera para comprobar que tras tres días completos sin verlo, el sol caía a plomo en el mediodía de su Córdoba natal. La segunda para otear en la lejanía el destino que le aguardaba, y que compartiría con los otros cinco. Cadalso listo, para el auto de fe que el obispo había señalado como el despertar para la salvación de seis indignos, que hallarán la paz de Dios, al que negaron, con la purificación del fuego celestial. Cientos de ruidosos espectadores aportaban al acto la necesaria tensión de gritos, insultos y exabruptos, más propios del ambiente tabernario que de la solemnidad que el bien alimentado señor obispo pretendía siempre que echaba mano de la capa roja de santificar.